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La imagen interior

Hay momentos en que la realidad se me escapa.

No miro un paisaje ni un rostro, pero una imagen aparece ante mí. No sé de dónde viene: a veces es un fragmento nítido, otras veces es solo un destello, un color suspendido. No elijo verla, ella elige revelarse.

El proceso no es inmediato. Permanece ahí, suspendido, hasta que decido tomarlo en serio y darle espacio en el lienzo. En ese momento, comienza una lucha silenciosa: la imagen interna no se deja capturar fácilmente; se escabulle, se transforma y se vela.

No hago más que perseguirlo, aceptando que la traducción nunca será perfecta, pero será auténtica.

Ésta es la parte más frágil y más verdadera de la pintura: cuando no represento lo visible, sino lo que he vislumbrado, un destello que me atraviesa y pide ser acogido.


Pinto para no perder esa visión, para no dejar que se desvanezca. Puede que la pintura nunca esté "terminada", pero cada pincelada es un paso más hacia esa sutil frontera entre lo que veo con mis ojos y lo que surge en mi interior.

 
 
 

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